domingo, 13 de enero de 2008

Mujeres (parte 1)

Si hay algo por lo que le agradezco a Dios es por brindarnos un regalo tan bello como lo es la mujer. Y hablo de TODAS las mujeres, no sólo de la mujer como novia o esposa, sino también como enamorada, amiga, conocida, madre, prima, abuela, tía y, aunque biológicamente no tengo, como hermana. Y de la mujer, en especial por lo que ha provocado en mí a lo largo de toda mi vida, es de lo que hoy quería compartir.

Sin desear serlo -pues si lo fuera, ¿cómo podría disfrutarla tanto? :)- mi admiración por la mujer es tal que casi es un culto. Tal vez la rudeza, el simplismo y la tendencia más a pensar que a sentir que caracteriza la masculinidad de uno hacen de la mujer un complemento necesario para el día a día del hombre, y sea cual sea la relación de éste para aquélla, hacen del mismo un hombre más hombre.

Sin hacernos esperar, Dios nos pone a muchos desde nuestra infancia una madre cuya ternura nos fortalece. Sólo ella entiende -y mejor que nadie- qué le pasa a su pequeño hijo o hija, con sólo mirarlo o incluso pensarlo. Sólo ella entiende esa conexión mística entre ella y su hijito que físicamente se refleja cuando lo amamanta o mima. Esta relación cambia -con muchos vaivenes- en el tiempo, pero en la mayoría de los casos esta madre es la mayor responsable de que el amor se convierta en algo en lo que creemos, algo tangible, realizable, practicable. En el caso de los varones se da durante la infancia un fenómeno denominado "complejo de Edipo", en que caemos perdidamente enamorados de nuestra madre, sintiendo en ocasiones una extraña sensación de celos al verla cariñosa con nuestro padre. Esto habitualmente se atenúa para luego pasar a tener admiración por nuestro padre. Muy resumidamente, es aquí donde nace nuestra masculinidad que nos introduce a la denominada adolescencia. ¡Gracias a mammmá!

Cuando las mencioné, parecía ser como que tenían un valor secundario. Me refiero a esas mujeres parientes mías: abuelas, tías, primas, hermanas... Lejos de ocupar un lugar relegado en mi vida, ellas han sido fuertes partícipes en mi crecimiento. Usaré este párrafo y un tácito permiso a ellas para hacer del comentario de sus cualidades una referencia extensiva a toda mujer. Animadas por el amor que provoca el vínculo familiar, estas mujeres han sabido usar la cuota justa de ternura para ir sembrando sensibilidad a mi vida. Con sus sensibles reacciones, aprendí que ellas eran frágiles y que sin decirlo te pedían que las cuidaras. También recuerdo el dolor y vergüenza de vernos torpes al tratarlas, cuando nos hacían ver que ellas eran damas que necesitaban también de nuestro tacto. Ellas fueron las que me enseñaron que a una mujer hay que darle siempre un trato especial, y que éste debe ser cuidado. En mi caso, en mis primas vi que las mujeres tenían secretos, cosas que los hombres no entendíamos. Ya de chicas nos mostraban cuan virgen era para nosotros el terreno de la madurez. Las tías nos mostraban que a pesar de que madre hay una sola, todas llevan consigo ese instinto maternal, que era perfectamente aplicable a sus sobrinos. Y las abuelas... ah... ellas que tuvieron a nuestro padre y nuestra madre, ellas nos enseñaron que no existe barrera generacional para ser madre de nuevo con el nieto. Nunca pude hallar palabras para describirlo, pero era y es hermoso ver esa relación de cuidado mutuo que se genera entre la abuela y el nieto varón ya crecidito. Son "sus hombres", que la protegen, pero ¡ay de aquél que les haga algo o hable mal de ellos!

Hasta aquí hablé de las mujeres con las que más se vincula uno durante su niñez y gran parte de su adolescencia. Más tarde viene el plato fuerte, que es aquél que refiere a la relación que se genera con las mujeres fuera del ámbito familiar.

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