Este abstracto tema es lo que en este tiempo me he puesto a analizar. Sobre todo en lo personal. Por ello, fiel de alguna manera al estilo agustiniano, he planteado un bagaje de cosas -cual un preámbulo- (como lo fueron los posts de "La inteligencia", "Sabiduría y prudencia" y "Nuestra sociedad") sobre las cuales me apoyo ahora para arribar a una conclusión personal sobre el uso de la ingeligencia.
Numerosos autores de la más variada índole de las ciencias sociales conciben al hombre (como ser humano) como un ser que se diferencia de los demás principalmente por una razón: es un ser racional. Es decir, que puede pensar, discernir, evaluar, razonar, tomar deciosiones, etc. Bajo esta premisa podríamos decir que las acciones de los animales, propias del denominado "instinto", no darían cabida al juicio de si está bien o mal aquello que hacen, en cuanto que en el hombre sí.
Más aún, aquel juicio, que puede ser en primera o en tercera persona, puede variar (de hecho lo raro sería que no lo haga) entre nosotros los hombres. Y del mismo no se nace, sino que se hace. Este juicio puede considerar nuestros actos o pensamientos como correctos o incorrectos, adecuados o inadecuados, pertinentes o impertinentes, prudentes o atropellados, expertos o inexpertos, ofensivos o inofensivos, piadosos o despiadados, innovadores o redundantes, con sentidos o carentes de él, astutos o estúpidos, simples o complicados, útiles o inservibles, infundados o con fundamentos, tristes o felices... con todas las matices entre estos pares de antónimos.
Supongamos que el buen uso de la ingeligencia implica hacer el bien. Y demos por sentado que en cualquier entorno social es imposible que algo sea igualmente interpretado por todos. Por ejemplo, Jesús, hombre pero perfecto, que hizo el bien desde el bien, con el bien y para el bien, no fue igualmente interpretado por todos, al punto que por no verlo así lo crucificaron. Por ello, para no desesperarnos, requerimos de algo que nos ampare, que nos diga que hemos usado bien -"wisely"- la inteligencia. Esto es conocido como la consciencia, que es primordialmente personal, pero que también existe de manera colectiva.
Numerosos autores de la más variada índole de las ciencias sociales conciben al hombre (como ser humano) como un ser que se diferencia de los demás principalmente por una razón: es un ser racional. Es decir, que puede pensar, discernir, evaluar, razonar, tomar deciosiones, etc. Bajo esta premisa podríamos decir que las acciones de los animales, propias del denominado "instinto", no darían cabida al juicio de si está bien o mal aquello que hacen, en cuanto que en el hombre sí.
Más aún, aquel juicio, que puede ser en primera o en tercera persona, puede variar (de hecho lo raro sería que no lo haga) entre nosotros los hombres. Y del mismo no se nace, sino que se hace. Este juicio puede considerar nuestros actos o pensamientos como correctos o incorrectos, adecuados o inadecuados, pertinentes o impertinentes, prudentes o atropellados, expertos o inexpertos, ofensivos o inofensivos, piadosos o despiadados, innovadores o redundantes, con sentidos o carentes de él, astutos o estúpidos, simples o complicados, útiles o inservibles, infundados o con fundamentos, tristes o felices... con todas las matices entre estos pares de antónimos.
Supongamos que el buen uso de la ingeligencia implica hacer el bien. Y demos por sentado que en cualquier entorno social es imposible que algo sea igualmente interpretado por todos. Por ejemplo, Jesús, hombre pero perfecto, que hizo el bien desde el bien, con el bien y para el bien, no fue igualmente interpretado por todos, al punto que por no verlo así lo crucificaron. Por ello, para no desesperarnos, requerimos de algo que nos ampare, que nos diga que hemos usado bien -"wisely"- la inteligencia. Esto es conocido como la consciencia, que es primordialmente personal, pero que también existe de manera colectiva.
En lo que a mí respecta, hace algunos años me di cuenta, por los comentarios de la gente, que yo era una persona con bastante cultura general. Luego me puse a analizar el porqué, y entre las respuestas rescataría que casi todo en la vida me resulta apasionante, todo me despierta algún tipo de interés o curiosidad. También está el hecho de conocer la razón de ser de cada una de esas cosas, y ello siempre llevaba a que analizara -a veces minuciosamente- cada cosa o situación de interés. Otra cosa que rescataría acá es mi singular punto de vista ante situaciones complejas que sucedían a mi alrededor, dándoles un enfoque que, según varios (en especial amigos) tenía hasta "pinta" de ser la solución. Pero como muchas cosas, terminó (si es que no comenzó en realidad) siendo un arma de doble filo. Algo así como que mi éxito excesivo (o al menos lo que inconscientemente consideraba como tal) en mis consejos llevó a una desenfocada visión de mis fracasos. ¿Qué quiero decir? Que por acertar tempranamente en muchas de mis conclusiones terminé siendo prejuicioso, poniendo incluso este prejuicio una barrera para conocer la verdad de los hechos en numerosas situaciones.
No sé quien llegó primero, si el prejuicio o la imprudencia, pero cada uno potenciaba al otro y me mantenían en una prisión con ellos mismos como paredes y rejas. Así fue que mi inteligencia -que en sí siempre tiene la capacidad de ser buena- fue en gran medida mal usada.
Tardé varios años en recuperar la libertad, la que me fue otorgada por buena conducta en mis últimos años. Aquella soledad que ahí experimenté me hizo recapacitar, y a la vez desear encontrar la forma de ser libre sin escapar, o sea, librándome de lo que me llevó a esta prisión. Cuando salí el mundo que había dejado -como en una suerte de stand-by- había cambiado. Parecía que la vida (los que creemos sabemos que fue Dios) me quisiera dar una nueva oportunidad, y buena a la vez, ya que todo parecía ser nuevo. El no tener ni idea de cómo eran las nuevas personas ante mí me permitió deshacerme en gran medida y paulatinamente del prejuicio, viendo así que mi juicio sobre los demás era más libre y profundo que lo que había sido en otros tiempos. Como todo aquello que uno practica, la experiencia le brinda a uno la habilidad para realizar con más facilidad los mismos desafíos o bien prepararse para desafíos mayores. El "no-prejuicio" se había vuelto más un hábito que una intención premeditada.
Pero me faltaba -y aún lo hace- la bendita prudencia. Tal vez sea la edad. Recuerdo en el tráiler de un juego, un joven teniente sacaba conclusiones tendenciosas de un compañero de mando del general, y éste le responde: "Because you are young and foolish, I will pardon that insult". Me pregunto "how many insults would I have made in my life so as to be considered young and foolish? Would I have been forgiven?". Y es mi karma (no, no es nada religioso, me refiero a mi cruz en realidad). Joven y tonto, imprudente, desubicado. En el otro extremo, astucia, prudencia, ubicación: terrenos vírgenes en donde, digamos, "perdí" años de mi vida desaprovechando estos aliados fundamentales de la inteligencia. Y sobre todo, a darle mal uso. Un uso apresurado, sin pensar -o pensando erróneamente-, priorizando el impulso a la meditación.
Claro, sonó muy duro... Pero fiel al estilo agustiniano, una vez más, luego de sumirme y encarnizar un problema, paso a esbozar una solución -desde lo humano-, y plantear la solución -desde lo divino-. Así pues, confieso que desde hace algunos años, y muy lentamente, he ido experimentando la prudencia, que para gente como yo, a parte de aceptarla, hay que aprenderla. ¿Aprender la prudencia? Bueno, si suena raro, en la niñez muchos vemos que nuestros padres nos dicen "esto no, esto sí", y en la mayoría de los casos es porque uno necesita esas limitaciones para no "irse de mambo". No, mis padres me enseñaron -bue, intentaron- sobre esto. Pero mi ser pasional me impidió asimilar tal enseñanza. Hoy, endurecido en la costumbre, me veo obligado, cual un niño, a "aprender" y "contagiarme" la prudencia de los que me rodean, que en la mayoría de los casos, es muy superior a la mía. En algunos casos esto se llama "sentido común" o "consciencia colectiva".
En cuanto a la solución de Dios, cual hijo pródigo, hoy vuelvo al Padre y él me ofrece esta casa de prudencia, aquélla donde mi inteligencia será bien usada. ¿Por qué? Vuelvo a un tema que más arriba quedó en pausa. Por la consciencia me la da Él. A la luz de su Espíritu es que yo puedo encontrar ese discernimiento verdaderamente inteligente, con paciencia, tiempo y meditación. Es el Espíritu el que me dice "se hace así", "todavía no", "pensalo mejor", "tené en cuenta que...", "no seas tan directo y duro con...", y hasta "¿es necesario?". Y .si viene de Dios, está bien. Completamente bien. Porque nos abandonamos libremente en Él, a sabiendas y con fe de que desde su infinito amor y perfección, sumando al carisma de cada uno, podremos actuar de la mejor manera. Ése es el buen uso de la inteligencia, al que aspiro y aspiraré toda mi vida.
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