"Pena", le digo yo a aquello que te hace estar mal, o que te duele, y a veces también para algo que te cuesta. Por "Valer", aquí entiendo yo que es "darle valor" a algo. Entonces, como dije que me cuesta, mejor que lo valga.Hoy siento angustia. Aún no sé por qué. Es raro, pero a veces me agarra. Viene, penetra mis entrañas y me provoca un dolor (físico) en el pecho. Tal vez dura algunos días, pero no mucho más.
El tema es que, en mi caso, mis momentos de angustia son de los pocos en los que yo puedo realmente estar en contacto con mis sentimientos. ¿Por qué? Bueno, creo yo que porque éstos son tan fuertes que se apoderan de mí. Y no hay indiferencia ni fortaleza que valga, si se trata de disimularlos. Ellos ahí están, mostrándose a flor de piel. Para mí el conocerme es algo muy importante, por lo que en estos momentos esporádicos de angustia me veo en la necesidad de aprovecharlos.
"Que valga la pena", decía hoy. Pena siente mi alma, valor debo darle a esa pena. Y lo toma cuando la aprovecho, o más cotidianamente hablando, "le saco el jugo". Pero para ello debo conocer la pena y si es posible, ver qué la causa. Y de ahí en más, obrar en consecuencia.
Hoy mi pena es dolor, por algo que tengo yo y no acepto que viva en mí. Es ese poder que tengo, que lejos de hacerme crecer, me oprime, provocando heridas en mí y muchas veces en los demás. Poder que es mío pero del que no soy dueño, sino que él lo es de mí, algo que sólo acepto de todo corazón a mi único dueño, Dios. Y ese poder, lejos de darme libertad, me la quita.
Sin ánimos de extenderme más, voy a intentar hacer de este mal un bien por venir. Ese mal, hoy sé, es un bien mal usado, por ello no tiene sentido librarme de él. Sería como arrojar el cofre con el oro al mar porque provoca avaricia en lugar de hacer solidaridad con él. Y es esto lo que saco de este dolor, que la próxima vez volveré a usar este bien, sin miedo, pero junto a mi mejor y nueva aliada: la prudencia.
Qué bueno, valió la pena.
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