Realmente siento desprecio por este sentimiento. Tanto que creí que el arrepentimiento lo había desplazado en su totalidad. Pero hoy mi cabeza ha retomado en parte el poder sobre mí, y vuelve a azotarme, torturarme. A arrebatarme la paz. A quitarme a mi Dios de mi alma.
Culpa... Recuerdo que alguna vez escribí unas líneas sobre ella... Acá está:
"La culpa (por parte del que la siente) es un arrepentimiento mediocre, por así llamarlo, porque siente dolor pero no se perdona, ni busca solución. Por otro lado, echar la culpa a otro es un sentimiento cómodo, que sólo busca depositar la raíz del problema sobre quien es acusado de ser el responsable".
Bueno, ahora que lo releo, realmente mis propias palabras (probablemente no eran mías, sino de "Alguien más"), me sirven de mucho.
Así que no me estoy perdonando, y por ello no estoy buscando una solución efectiva... Qué duro escuchar eso. Vanamente quiero justificarme, por orgulloso nomás, pero no puedo. ¡"Tengo" razón! (O el "yo" del pasado... ¡qué lío!).
El tema del perdón es todo un tema. Pero en mi caso, se limita a ser comprensivo para con el otro, y para con éste, eso basta. Creo que siempre perdono a los demás. Siempre encuentro algo de aquél que me convence de que no necesito de mi rencor para esa persona, y que ésta necesita del alivio de mi perdón. Y me baso en lo bueno que tiene esa persona muchas veces, y todos, todos tienen algo de bueno...
El asunto es conmigo. Ahora veo un poco perjudicial en mí tener tanto nivel de conciencia de mis cosas, porque realmente veo la profundidad de lo que hago, entonces veo casi con exactitud qué es lo que hice, dificultándome el ser comprensivo conmigo mismo. No cuento con el beneficio de la duda, al que acudo (para el lado positivo) con los demás para perdonar. Ahí donde yo hago agua, es donde la gente empieza a jugar un papel crucial.
¿Y qué me enseña la gente? A creer en mí, más que nada. Todos me dicen que soy bueno. Está bien, lo acepto. ¡Pero con los demás! A veces conmigo soy una especie de ser despreciable, como en estos momentos. ¡Y qué poder tiene la gente! Ni siquiera necesito explicarles ni mostrarles mi pena. Su sola presencia me basta. Ver el bien que me hacen, lo simples que son al lado de lo que soy yo, me hacen desear ser así conmigo mismo. Si bien no es exactamente (¿aún?) el amor que me pide Dios para con todos, debo afirmar que ¡amo a la gente! Sin ella, yo no sería nada. Y encuentro en ese amor una necesidad mutua.
Bueno, culpa. Me has vaciado, me has quitado la tranquilidad, y me has forzado a depender de la ausencia de lo que te causa para que no cuente con tu presencia. Esclavo soy, mas no consentidamente, de tu opresión. Así pues, "I go easy on me" y veo todo mejor. Veo que, obviamente, yo también soy humano, y es lógico que me equivoque. Sí, las heridas tardarán en sanar. Tal vez por considerarme fuerte, me alegro al saber que siempre las heridas que causé les cicatrizarán antes a los demás que a mí. Eso me consuela enormemente. Y hace perdonarme.
Me despido de vos, culpa, esperando que no vuelvas por aquí.
Culpa... Recuerdo que alguna vez escribí unas líneas sobre ella... Acá está:
"La culpa (por parte del que la siente) es un arrepentimiento mediocre, por así llamarlo, porque siente dolor pero no se perdona, ni busca solución. Por otro lado, echar la culpa a otro es un sentimiento cómodo, que sólo busca depositar la raíz del problema sobre quien es acusado de ser el responsable".
Bueno, ahora que lo releo, realmente mis propias palabras (probablemente no eran mías, sino de "Alguien más"), me sirven de mucho.
Así que no me estoy perdonando, y por ello no estoy buscando una solución efectiva... Qué duro escuchar eso. Vanamente quiero justificarme, por orgulloso nomás, pero no puedo. ¡"Tengo" razón! (O el "yo" del pasado... ¡qué lío!).
El tema del perdón es todo un tema. Pero en mi caso, se limita a ser comprensivo para con el otro, y para con éste, eso basta. Creo que siempre perdono a los demás. Siempre encuentro algo de aquél que me convence de que no necesito de mi rencor para esa persona, y que ésta necesita del alivio de mi perdón. Y me baso en lo bueno que tiene esa persona muchas veces, y todos, todos tienen algo de bueno...
El asunto es conmigo. Ahora veo un poco perjudicial en mí tener tanto nivel de conciencia de mis cosas, porque realmente veo la profundidad de lo que hago, entonces veo casi con exactitud qué es lo que hice, dificultándome el ser comprensivo conmigo mismo. No cuento con el beneficio de la duda, al que acudo (para el lado positivo) con los demás para perdonar. Ahí donde yo hago agua, es donde la gente empieza a jugar un papel crucial.
¿Y qué me enseña la gente? A creer en mí, más que nada. Todos me dicen que soy bueno. Está bien, lo acepto. ¡Pero con los demás! A veces conmigo soy una especie de ser despreciable, como en estos momentos. ¡Y qué poder tiene la gente! Ni siquiera necesito explicarles ni mostrarles mi pena. Su sola presencia me basta. Ver el bien que me hacen, lo simples que son al lado de lo que soy yo, me hacen desear ser así conmigo mismo. Si bien no es exactamente (¿aún?) el amor que me pide Dios para con todos, debo afirmar que ¡amo a la gente! Sin ella, yo no sería nada. Y encuentro en ese amor una necesidad mutua.
Bueno, culpa. Me has vaciado, me has quitado la tranquilidad, y me has forzado a depender de la ausencia de lo que te causa para que no cuente con tu presencia. Esclavo soy, mas no consentidamente, de tu opresión. Así pues, "I go easy on me" y veo todo mejor. Veo que, obviamente, yo también soy humano, y es lógico que me equivoque. Sí, las heridas tardarán en sanar. Tal vez por considerarme fuerte, me alegro al saber que siempre las heridas que causé les cicatrizarán antes a los demás que a mí. Eso me consuela enormemente. Y hace perdonarme.
Me despido de vos, culpa, esperando que no vuelvas por aquí.
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